El sufrimiento

El sufrimiento

El sufrimiento ofrecido obtiene el perdón de mis pecados
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«Orad y haced sacrificios, pues muchos hombres van al infierno porque no hay quien ore y se sacrifique por ellos». Estas palabras de Nuestra Señora, pronunciadas el 19 de agosto de 1917 en Fátima, confirman e ilustran este misterio de la comunión de los santos, según el cual la salvación de muchas almas depende de nuestras pequeñas oraciones, nuestros pequeños sacrificios y nuestros sufrimientos. En ese sentido, entendemos por qué el padre Kolbe le da tanta importancia a esto:

Para facilitar nuestra acción por el bien de las almas, Dios nos permite llevar distintas cruces, que dependen o no de la voluntad de los demás, que proceden de su buena o mala voluntad. Es un campo inmenso que debemos aprovechar y que es fuente de innumerables gracias. Entre ellos, los sufrimientos que nos llegan de los demás son particularmente beneficiosos. Con qué santa esperanza no pedimos en el Pater: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Es Nuestro Señor mismo quien nos enseñó esta oración. Así, basta que perdonemos las faltas que se nos cometen para tener derecho al perdón de nuestras ofensas a Dios. Qué difícil sería si no tuviéramos nada que perdonar, y qué afortunados somos cuando, durante el día, tenemos grandes ofensas que perdonar. Hay que admitir que la naturaleza tiembla ante la sola idea del sufrimiento y la humillación, pero, a la luz de la fe, son sumamente importantes para la purificación de nuestra alma; son excelentes en grado sumo, porque ayudan a hacer más íntima nuestra unión con Dios, más eficaz nuestra oración y más ardiente nuestro celo misionero.

El verdadero sacrificio…
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Sin embargo, hemos de guardarnos de idealizar esta arma. La mayoría de las veces, el sacrificio no consiste en un gesto heroico, dramático, visible para todos, como uno podría imaginarse, por ejemplo, de un glorioso martirio del que los hombres hablarán con admiración durante mucho tiempo.

«Hace unos días, cuando hablé con los hermanos de la misión, muchos de ellos dijeron que estaban dispuestos a dar la vida por la causa de Dios en tierras lejanas. Morir mártir de la fe en las misiones no es difícil: es mucho más fácil que estar enfermo y ser consumido lentamente por el sufrimiento durante muchos meses y años, sin la menor esperanza de mejoría para la salud. El martirio generalmente dura solo un tiempo relativamente corto; la enfermedad, en cambio, destruye el organismo de manera lenta pero persistente, y es así como se alcanza un heroísmo que abarca una larga duración. Si a fuerza de esfuerzo el enfermo alcanza el heroísmo del sacrificio voluntario que brota de un amor ardiente a Dios, entonces no hay duda de que se acerca a Dios a pasos agigantados, y que está unido a él en todo momento por los lazos cada vez más fuertes del amor. Bendita, sí, repito, bendita aquella alma…» (Conferencia del padre Maximiliano Kolbe del 8.11.1936; KMK, s. 94)

…no necesita espectadores.
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Las mejores mortificaciones son las que resultan de los deberes cotidianos, y por tanto, independientes de nuestra voluntad, porque las que nos imponemos nosotros mismos halagan nuestro amor propio. Si hay una ocasión para la impaciencia, uno debe soportar esta contrariedad con calma. Esta es la mejor mortificación, porque nadie le presta atención, y en el curso de un día tales ocasiones son muy numerosas.

«La santidad reside en las cosas insignificantes, decía Santa Teresa del Niño Jesús, y ella misma daba el ejemplo: ¡Patrona de todas las misiones! ¿De dónde viene tal “autoridad” en términos de misiones? ¿Fue acaso misionera en muchos países paganos, derramando su sangre como mártir? Nada de eso. Nunca cruzó el umbral de su convento en Lisieux. Durante su vida aquí abajo no realizó ningún milagro sorprendente, sino que se sacrificó enteramente en lo ordinario de la lúgubre vida cotidiana. Lo que importa no es lo que hacemos, sino cómo lo hacemos, con qué intención y con qué grado de amor. Ahora bien, ¿cuál era su intención? Agradar al Salvador, llevar las cruces diarias por amor, trabajar por amor, vivir por amor, ser un niño que conquista el corazón de su padre y de su madre con pequeños testimonios de amor. Todos pueden y deben ser misioneros de esta calidad». (Padre Maximiliano Kolbe, Manuscrito La Patrona de Todas las Misiones; CDM, p. 211.)

El único modo de demostrar amor es soportar los sufrimientos con paciencia y ofrecerlos.
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El amor solo se demuestra con el sacrificio. Y cuanto más ama un hombre a Dios, tanto más es Caballero de la Inmaculada; cuanto más quiere hacer sacrificios, tanto más quiere también sufrir con el Salvador crucificado y ser crucificado con él.

«No lo olvidemos: el amor vive y se alimenta de sacrificios. Demos gracias a la Inmaculada cuando tengamos paz interior, cuando estemos en los consuelos del amor, pero no olvidemos que todo esto, aunque bueno y hermoso, no constituye la esencia del amor, que puede existir sin todos estos sentimientos, y que solo entonces el amor es perfecto. Su culmen es el estado en que el Salvador oró en la cruz: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”».

No hay amor sin sacrificio.

Sacrificio de los sentidos -es decir, de la vista, del gusto, del oído-, pero, sobre todo, sacrificio de la inteligencia y de la voluntad por la santa obediencia. Como el amor que abrasa a la Inmaculada, como el amor de la bondad de Dios y del Sagrado Corazón en ella, así este amor debe ingresar y penetrar también en nosotros, y entonces experimentaremos la necesidad de hacer sacrificios por las almas.Span Serie Kolbe10

Es allí que el alma quiere dar pruebas constantemente renovadas y cada vez más profundas de su amor, y estas pruebas no son, precisamente, sino sacrificios. Así que les deseo a todos y a mí mismo tantos sacrificios como sea posible. (Carta a Mugenzai no sono del 9.04.1933; CDM p. 147.)

«¡Qué corta es la vida y qué rápido pasa el tiempo! Vendámosla, o más bien regalémosla, sacrifiquémosla, y lo más caro posible. Cuanto más suframos, mejor, porque después de la muerte ya no podemos sufrir: ¡el tiempo en que podemos demostrar nuestro amor es corto, y solo vivimos una vez!». (Carta a los Hermanos de Lvov del 17.03.1933; CDM p. 146)


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