María, Reina de todo apostolado

María, Reina de todo apostolado

news1715Todo apostolado depende absolutamente de la gracia: arrebatar almas a Satanás sólo puede hacerse por la gracia; hacer vivir a un alma la vida de Jesucristo requiere necesariamente la asistencia de la gracia.

Tanto el hombre que evangeliza como el que es evangelizado necesitan la ayuda de la gracia: el primero necesita una serie infinita de gracias para prepararse para su misión apostólica: gracias para iluminar, gracias para obtener la conversión, gracias para asegurar la perseverancia. El alma a evangelizar, necesita una gracia para encontrarse con un apóstol, gracias de luz, de fortaleza, de docilidad, etc.

Pero es María quien obtiene todas estas gracias. Sin su ayuda, ningún pecador podría pasar de la muerte espiritual a la vida divina; ningún justo podría ascender un grado hacia la santidad; ningún misionero, a pesar de su elocuencia, su conocimiento, su habilidad, podría tener éxito en la conversión de un alma.

Todo verdadero apostolado es obra de la gracia. Cada gracia presupone una intervención de María. Desde el día de su Asunción, todas las almas que se han convertido o santificado, o que se convertirán o santificarán hasta el fin del mundo, por los doce apóstoles y sus colaboradores, por la innumerable multitud de sacerdotes, religiosos y religiosas – todas esas multitudes que nadie puede contar, que se salvarán – todos ellos sin excepción deben su gloria y su bienaventuranza a la Medianera de todas las gracias.

María es nuestra Madre. Toda madre es el primer apóstol de su hijo: su misión es preservar al pequeño ser del pecado y hacerle vivir la vida sobrenatural. Si ella lo confía a otros educadores, ellos son sólo sus ayudantes: ella sigue siendo la principal responsable de esta misión.

Con mayor razón María es el primer apóstol de sus hijos, porque es su Madre sobrenatural; su maternidad consiste enteramente en dar vida sobrenatural. ¿Qué hace ella, en efecto, como madre? Ella nos llama a la vida de Jesús, nos hace nacer a esta vida; la conserva, la mantiene, nos hace crecer en ella hasta la perfección.

Los apóstoles, los misioneros y las almas apostólicas no son más que ayudantes de los que María se vale, como instrumentos en sus manos inmaculadas, para ser en ellas y a través de ellas Corredentora y distribuidora de todas las gracias: “el recurrir a la misericordia de María exige que cada uno de los fieles examine de nuevo, con una resolución digna de los grandes movimientos de la historia humana, qué contribución pueden dar a la obra salvífica de Dios, para ayudar a un mundo que en la actualidad se dirige hacia su ruina” (Papa Pío XII, discurso del 10 de febrero de 1952).

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